Busqué entré mis alas algo de tiempo. Quizás el tiempo perdido en manejar algo con carencias maleables.
Todo es relativo. Nada permanece. Y se eleva sin evaporarse.
Observo como se aleja, como se convierte en una pequeña mota de polvo, frágil, temporal.
Todo es relativo. Nada permanece. Y desaparece. Desaparece.
Intento refugiarme y se me desgarra el alma con la verja oxidada que protege el terreno de lo estable.
Sangro agua y no es cristalina. Grito desde el fondo de mi estómago y humillo a mi garganta.
Soy un pájaro. Todo es relativo. Nada permanece.
Naceré en el cielo y me acunará el sol.
Soy un pájaro. Y los pájaros pueden volar.
Si él te pregunta por mí, dile que no volverá a verme volar jamás. Consuélale.
Murmurale que me recordará por la pluma que dejé sobre su maleta.
Siempre hecha, preparada.
Colapso.
El río lunar les iluminó cuando querían dormir entre sales y establecer un campamento con las anémonas, cuando querían que los peces tropicales perdidos en un mar al que nunca pertenecieron se alimentaran de su piel. Esa noche tenía tantos poros como suspiros, para él, para los peces, los delfines, la luna. Para él, repetiré. Sentía que podía recibir a cualquier ser en sus poros, quería formar parte del mundo marino. Y eso fue lo que hicieron aquella noche en la que el halo de la luna no era espectral, no era fantasmagórico, era un chorro de luz cegadora, más brillante que la de las estrellas diurnas. El vivió en su piel, y por entonces todos los pagos estaban saldados.
Cálida y gélida noche sentida.
Por fin el Sol matinal, plácido, como si fuera domingo, apareció y con él se fundió la luna.
Colapso.